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Дата написания1970-01-01
Язык книгиes
Возрастное ограничение12+
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Страница 105 из 106CAPÍTULO XLIII
Deseoso Lázaro de ver á su tío aquella mañana, fué á casa del abate Carrascosa, y allí encontró otra escena de desolación. Estaba el ex abate en su cuarto, sentado en una silla, con los pies sobre la traviesa, en tal actitud, que parecía un pájaro posado sobre una rama. Apoyaba los codos en las rodillas, sustentando la cabeza con las manos, como si quisiera apuntalarla. Su expresión de tristeza era tal, y le hacia tan raro, que el joven no pudo menos de preguntarle:
–¿Qué tiene usted, don Gil?
–¡Ay, don Lázaro, qué iniquidad! Se ha marchado. ¿Ve usted qué iniquidad? ¡Yo, que la quería tanto! …
Lázaro comprendió que doña Leoncia, el avecilla vizcaína, había volado.
–¿Pero cómo ha sido eso? ¿Qué motivo…?
–¡Es la más horrible conspiración! … Ese chisgarabís, ese tunante, el poetastro que vivía en ese cuarto, se la ha llevado. ¡Qué horror! ¡Siempre he aborrecido de muerte á los copleros!
–Consuélese usted, don Gil. Vamos á otra cosa. ¿Sabe usted dónde está mi tío?
–Si le digo á usted que no he visto iniquidad semejante—murmuró el abate, sin hacer caso de la pregunta. Y tenía una herencia, un legadillo…. ¡Maldito catacaldos!
–Esa es la vida, don Gil…. Hay que conformarse.
–Tenía un legadillo…. Yo lo descubrí en la covachuela.
–Conque diga usted: ¿dónde podré encontrar á mi tío?
–Yo … si he de decir á usted la verdad—prosiguió el abate, abstraído por su desgracia,—no lo siento por ella, porque al fin y al cabo … pero tenía un legadillo….
–Es imposible sacarle una respuesta.
Comprendió Lázaro que era inútil toda indagación. Salió de la casa, dejando al abate en la misma actitud de mochuelo posado, y se fué á la calle del Humilladero, donde encontró á Bozmediano, que le esperaba con inquietud, y al verle llegar, le dijo:
–Amigo, le persiguen á usted. Es preciso tomar precauciones.
–Fácil es comprender que habrá personas disgustadas por lo que hizo usted anoche. Esas personas le persiguen á usted; yo estoy seguro de ello.
–Ya comprendo—repuso Lázaro.—¿Pero qué me importa?
–Hay que tomar precauciones, porque si se vengan, será de un modo terrible. Mucho cuidado. Ahora han estado en la taberna cuatro personas, que creo han traído el encargo de ver cuándo entraba y salía usted. Me parece que lo mejor es que se marchen ustedes esta noche misma de Madrid. Una vez que estén fuera y lejos….
–¡Qué contrariedad! Pero yo deseo salir. Nos marcharemos.
–Pues entretanto no salga usted á la calle. Yo arreglaré el viaje, y lo haré de modo que nadie lo sepa. Sé que le buscan á usted, y los que le buscan saben hacer las cosas.
–¿Y cómo han averiguado que estoy aquí?
–Dejemos eso. Hay que partir esta noche ó mañana mismo. Aquí no está usted seguro. Mucho cuidado … Yo volveré, y veremos el modo de salir sin peligro. Creo que se conseguirá. Hasta luego.
Retiróse Bozmediano, y Lázaro entró á ver á Clara
–¿Las encontraste?—le preguntó la sobrina de Coletilla con curiosidad y cierto temor.
–Sí—contestó él sonriendo al recordar la escena de las monedas, que refirió después sin omitir el extraño incidente de doña Paulita.
Oyó Clara con mucho interés este último punto, y después dijo con tristeza:
–¿Cómo? ¿Ella te ha dicho algo?
–No; pero lo he conocido, me lo habla figurado. Tenía una sospecha … Aquella mujer es muy rara. ¡Si vieras qué miedo me daba cuando se ponía á orar, quedándose mucho tiempo quieta é insensible, como si estuviera muerta! Se ponía de rodillas, miraba al techo, y así estaba dos ó tres horas sin moverse, y hasta parecía que no respiraba. La tocaba yo, y nada; la llamaba, y no respondía. Por fin, después de mucho tiempo, daba un suspiro y volvía en si.
–¿Y eso le pasaba con frecuencia?
–Hay una enfermedad—dijo Lázaro—que llaman la catalepsia, y consiste en un paroxismo, durante el cual la persona pierde el movimiento y el habla, quedándose como muerta. Dicen que una de las causas que motivan esta enfermedad es el misticismo religioso y el hábito de los éxtasis y visiones.
–Eso será lo que tiene. ¡Pobre Paulita!
Aquella noche estaban los dos en el mismo cuarto, sentados junto á una escasa lumbre. Clara se había levantado completamente restablecida. Lázaro revolvía en su imaginación los peregrinos incidentes de los días anteriores. Los dos estaban muy tristes; se comunicaban mirándose su tristeza, y callaban. Tal vez pensaban en planes para lo futuro; quizás ella estaba inquieta por la situación difícil en que uno y otro se encontraban. Entonces entró Pascuala y dijo:
–¡Qué miedo! Desde el anochecer están paseándose por delante de la puerta unos hombres. Esta tarde vinieron también. ¡Qué fachas! A veces se paran á mirar pa dentro, y me temo que si viene Pascual y los ve se va á armar una … ¡porque tiene un genio! … se creerá que vienen por mi … porque como es una así … tan guapetona …
Clara se quedó pálida como un difunto. Ya le parecía que por ventanas y puertas entraba una horda de facinerosos armados de puñales, pistolas, cuerdas y otros instrumentos horribles.
–Cierra bien. Apaga esa luz. ¿Si se irán á entrar por esa ventana?—dijo señalando un tragaluz por donde el gato, que tanto respeto inspiraba al señor de Batilo, entraba con dificultad. Aquel tragaluz daba á un patio perteneciente á la misma casa.
Batilo, que sin duda entendió lo del peligro en que los jóvenes se hallaban, y quería probar que, aunque misántropo, era un perro resuelto á todo, ladró en un tono que quería decir: "Nada hay que temer mientras esté yo."
Un poco más tarde, Clara, que miraba con recelo aquel tragaluz maldecido, se estremeció con horrible sacudimiento, dió un grito muy agudo y sus ojos expresaron el pavor más grande.
–¿Qué tienes, qué hay?—dijo Lázaro con sobresalto. Clara, tal vez dominada por el miedo, había creído ver instantáneamente en el tragaluz los ojos vivos, la nariz puntiaguda de Elías Orejón, su tirano y protector.
–¿Eres tonta?—le dijo Lázaro.—¿No ves que eso es efecto del miedo?
El miró y examinó atentamente: no había nadie. Salieron al patio, que estaba lleno de escombros y de leña, y tampoco vieron nada. Indudablemente había sido efecto del miedo.
El día siguiente pasó sin ningún suceso notable, y al anochecer llegó Bozmediano. Lázaro, desde que le vió entrar, conoció que no estaba tranquilo.
–Mucho peligro. Le acechan á usted. Yo he venido acompañado, por temor de tener algún encuentro. Pero no tema usted. He traído bastante gente y estamos seguros. Ahora mismo se van á marchar ustedes.
–¿Y saldremos ahora mismo?—dijo Clara con alegría, esperando no ver más aquel tragaluz y dejar para siempre á Madrid.
–Sí, ahora mismo. Ya les he preparado un coche para que vayan de aquí á Torrejón, donde tengo yo una casa. Allí pueden descansar hasta pasado mañana, que pasa por allí una diligencia para Alcalá, y de Alcalá pueden dirigirse á Aragón cuando quieran.
–¿Y cuándo llegaremos á Torrejón?
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