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Дата написания1970-01-01
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Страница 117 из 118Los dos viejos se impacientaban, queriendo encontrar cuanto antes la tumba de su hijo.
Transcurrió media hora sin que los exploradores diesen con ella. Siempre nombres desconocidos, cruces anónimas ó inscripciones que consignaban cifras de otros regimientos. Don Marcelo ya no podía tenerse en pie. La marcha por la tierra blanda, á través de los surcos, era para él un tormento. Empezó á desesperarse… ¡Ay! No encontrarían nunca la sepultura de Julio. Los padres también la buscaron por su lado. Inclinaban sus cabezas dolorosas ante todas las cruces; hundían muchas veces los pies en el montículo largo y estrecho que parecía marcar el bulto del cadáver. Leían los nombres… ¡Tampoco estaba allí! Y seguían adelante por el rudo camino de esperanzas y desalientos.
Fué Chichí la que avisó con un grito: «¡Aquí… aquí!» Los viejos corrieron, temiendo caer á cada paso. Toda la familia se agrupó ante un montón de tierra que tenía la forma vaga de un féretro y empezaba á cubrirse de hierbas. En la cabecera, una cruz con letras grabadas profundamente á punta de cuchillo, obra piadosa de los compañeros de armas. «Desnoyers…» Luego, en abreviaturas militares, el grado, el regimiento y la compañía.
Un largo silencio. Doña Luisa se había arrodillado instantáneamente, con los ojos fijos en la cruz: unos ojos enormes, de córneas enrojecidas, y que no podían llorar. Las lágrimas la habían acompañado hasta allí. Ahora huían, como repelidas por la inmensidad de un dolor incapaz de plegarse á las manifestaciones ordinarias.
El padre quedó mirando con extrañeza la rústica tumba. Su hijo estaba allí, ¡allí para siempre! … ¡y no le vería más! Le adivinó dormido en las entrañas del suelo sin ninguna envoltura, en contacto directo con la tierra, tal como le había sorprendido la muerte, con su uniforme miserable y heroico. La consideración de que las raíces de las plantas tocaban tal vez con sus cabelleras el mismo rostro que él había besado amorosamente, de que la lluvia serpenteaba en húmedas filtraciones á lo largo de su cuerpo, fué lo primero que le sublevó, como si fuese un ultraje. Hizo memoria de los exquisitos cuidados á que se había sometido en vida: el largo baño, el masaje, la vigorización del juego de las armas y del boxeo, la ducha helada, los elegantes y discretos perfumes… ¡todo para venir á pudrirse en un campo de trigo como un montón de estiércol, como una bestia de labor que muere reventada y la entierran en el mismo lugar de su caída!
Quiso llevarse de allí á su hijo inmediatamente y se desesperó porque no podía hacerlo. Lo trasladaría tan pronto como se lo permitiesen, erigiéndole un mausoleo igual á los de los reyes… ¿Y qué iba á conseguir con esto? Cambiaría de sitio un montón de huesos; pero su carne, su envoltura, todo lo que formaba el encanto de su persona, quedaría allí confundido con la tierra. El hijo del rico Desnoyers se había agregado para siempre á un pobre campo de la Champaña. ¡Ah, miseria! ¿Y para llegar á esto había trabajado tanto él, amontonando millones? …
No conocía siquiera cómo había sido su muerte. Nadie podía repetirle sus últimas palabras. Ignoraba si su fin había sido instantáneo, fulminante, saliendo del mundo con una sonrisa de inconsciencia, ó si había pasado largas horas de suplicio abandonado en el campo, retorciéndose como un reptil, rodando por los círculos de un dolor infernal antes de sumirse en la nada. Ignoraba igualmente qué había debajo de aquel túmulo: un cuerpo entero tocado por la muerte con mano discreta, ó una amalgama de restos informes destrozados por el huracán de acero… ¡Y no le vería más! ¡Y aquel Julio que llenaba su pensamiento sería simplemente un recuerdo, un nombre que viviría mientras sus padres viviesen y se extinguiría luego poco á poco al desaparecer ellos! …
Se sorprendió al oir un quejido, un sollozo… Luego se dió cuenta de que era él mismo el que acompañaba sus reflexiones con un hipo de dolor.
La esposa estaba á sus pies. Rezaba con los ojos secos, rezaba á solas con su desesperación, fijando en la cruz una mirada de hipnótica tenacidad… Allí estaba su hijo, tendido junto á sus rodillas, lo mismo que de niño, en la cuna, cuando ella, vigilaba su sueño… La exclamación del padre estallaba también en su pensamiento, pero sin exasperaciones coléricas, con una tristeza desalentada. ¡Y no le vería más! … ¡Y era posible esto!
Chichí interrumpió con su presencia las dolorosas reflexiones de los dos. Había corrido hacia el automóvil y regresaba con una brazada de flores. Colgó una corona en la cruz; depositó un ramo enorme al pie de ésta. Luego fué derramando una lluvia de pétalos por toda la superficie del túmulo, grave y ceñuda, como si cumpliese un rito religioso, acompañando la ofrenda con salutaciones de su pensamiento: «A ti, que tanto amaste la vida por sus bellezas y sus sensualismos… A ti, que supiste hacerte amar de las mujeres…» Lloraba mentalmente su recuerdo con tanta admiración como dolor. De no ser su hermana, hubiese querido ser su amante.
Y al agotarse la lluvia de flores se apartó, para no turbar con su presencia el dolor gimente de los padres.
Ante la inutilidad de sus quejas, el antiguo carácter de don Marcelo se había despertado colérico, rugiendo contra el destino.
Miró al horizonte, allí donde él se imaginaba que debían estar los enemigos, y cerró los puños con rabia. Creyó ver á la bestia, eterna pesadilla de los hombres. ¿Y el mal quedaría sin castigo como tantas veces? …
No había justicia; el mundo era un producto de la casualidad; todo mentiras, palabras de consuelo para que el hombre sobrelleve sin asustarse el desamparo en que vive.
Le pareció que resonaba á lo lejos el galope de los cuatro jinetes apocalípticos atropellando á los humanos. Vió al mocetón brutal y membrudo con la espada de la guerra, al arquero de sonrisa repugnante con las flechas de la peste, al avaro calvo con las balanzas del hambre, el cadáver galopante con la hoz de la muerte. Los reconoció como las únicas divinidades familiares y terribles que hacían sentir su presencia al hombre. Todo lo demás resultaba un ensueño. Los cuatro jinetes eran la realidad…
De pronto, por un misterio de asimilación mental, le pareció leer lo que pensaba aquella cabeza lloriqueante que permanecía á sus pies.
La madre, impulsada por sus propias desgracias, había evocado las desgracias de los otros. También ella miraba al horizonte. Se imaginó ver más allá de la línea de los enemigos un desfile de dolor igual al de su familia. Contempló á Elena con sus hijas marchando entre tumbas, buscando un nombre amado, cayendo de rodillas ante una cruz. ¡Ay! Esta satisfacción dolorosa no podía conocerla por completo. Le era imposible pasar al lado opuesto para ir en busca de otra sepultura. Y aunque alguna vez pasase, no la encontraría. El cuerpo adorado se había perdido para siempre en los pudrideros anónimos, cuya vista le había hecho recordar poco antes á su sobrino Otto.
–Señor, ¿por qué vinimos á estas tierras? ¿por qué no continuamos viviendo en el lugar donde nacimos? …
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El cuerpo adorado se había perdido para siempre en los pudrideros anónimos, cuya vista le había hecho recordar poco antes á su sobrino Otto."},{"id":"content14:79","kind":"paragraph","text":"–Señor, ¿por qué vinimos á estas tierras? ¿por qué no continuamos viviendo en el lugar donde nacimos? …"}],"toc":[{"id":"content0:0:1","label":"Vicente Blasco Ibáñez Los cuatro jinetes del apocalipsis","page":1,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f#reader-content"},{"id":"content0:1:1","label":"PRIMERA PARTE","page":1,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f#reader-content"},{"id":"content0:2:1","label":"I","page":1,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f#reader-content"},{"id":"content0:3:1","label":"En el jardín de la Capilla Expiatoria","page":1,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f#reader-content"},{"id":"content1:0:10","label":"II","page":10,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=10#reader-content"},{"id":"content1:1:10","label":"El centauro Madariaga","page":10,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=10#reader-content"},{"id":"content2:0:20","label":"III","page":20,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=20#reader-content"},{"id":"content2:1:20","label":"La familia Desnoyers","page":20,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=20#reader-content"},{"id":"content3:0:30","label":"IV","page":30,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=30#reader-content"},{"id":"content3:1:30","label":"El primo de Berlín","page":30,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=30#reader-content"},{"id":"content4:0:37","label":"V","page":37,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=37#reader-content"},{"id":"content4:1:37","label":"Donde aparecen los cuatro jinetes","page":37,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=37#reader-content"},{"id":"content5:0:45","label":"SEGUNDA PARTE","page":45,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=45#reader-content"},{"id":"content5:1:45","label":"I","page":45,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=45#reader-content"},{"id":"content5:2:45","label":"Las envidias de don Marcelo","page":45,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=45#reader-content"},{"id":"content6:0:50","label":"II","page":50,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=50#reader-content"},{"id":"content6:1:50","label":"Vida nueva","page":50,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=50#reader-content"},{"id":"content7:0:55","label":"III","page":55,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=55#reader-content"},{"id":"content7:1:55","label":"La retirada","page":55,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=55#reader-content"},{"id":"content8:0:65","label":"IV","page":65,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=65#reader-content"},{"id":"content8:1:65","label":"Junto á la gruta sagrada","page":65,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=65#reader-content"},{"id":"content9:0:73","label":"V","page":73,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=73#reader-content"},{"id":"content9:1:73","label":"La invasión","page":73,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=73#reader-content"},{"id":"content10:0:95","label":"TERCERA PARTE","page":95,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=95#reader-content"},{"id":"content10:1:95","label":"I","page":95,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=95#reader-content"},{"id":"content10:2:95","label":"Después del Marne","page":95,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=95#reader-content"},{"id":"content11:0:98","label":"II","page":98,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=98#reader-content"},{"id":"content11:1:98","label":"En el estudio","page":98,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=98#reader-content"},{"id":"content12:0:102","label":"III","page":102,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=102#reader-content"},{"id":"content12:1:102","label":"La guerra","page":102,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=102#reader-content"},{"id":"content13:0:110","label":"IV","page":110,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=110#reader-content"},{"id":"content13:1:110","label":"No hay quien le mate","page":110,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=110#reader-content"},{"id":"content14:0:114","label":"V","page":114,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=114#reader-content"},{"id":"content14:1:114","label":"Campos de muerte","page":114,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=114#reader-content"},{"id":"content14:94:118","label":"FIN","page":118,"pageUrl":"/books/1BOwpM8f?page=118#reader-content"}]},"similarBooks":[{"idCatalog":761862,"shortId":"18QUKXy8","title":"La Fontana de Oro","authorLine":"Бенито Перес Гальдос","primaryAuthorId":"43bce3d3-d535-102a-94d5-07de47c81719","coverUrl":"https://storage.yandexcloud.net/bookra-catalog-pd-public/content/3174f471-993d-11e8-a002-0cc47a5f3f85/thumbs/400.webp","publicUrl":"https://bookra.app/books/18QUKXy8"},{"idCatalog":766333,"shortId":"26jpFaZL","title":"Maid Marian","authorLine":"Thomas Love Peacock","primaryAuthorId":"3a0bbd44-ea98-11e0-9959-47117d41cf4b","coverUrl":"https://storage.yandexcloud.net/bookra-catalog-pd-public/content/f9eac39b-a43a-11e8-aa6b-0cc47a520474/thumbs/400.webp","publicUrl":"https://bookra.app/books/26jpFaZL"}],"similarBooksPagination":{"page":1,"pageSize":12,"totalItems":2,"totalPages":1,"hasPrev":false,"hasNext":false}},"notFound":false}