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Al adivinar estos pensamientos, vió Desnoyers la llanura inmensa y verde de la estancia donde había conocido á su esposa. Le pareció oir el trote de los ganados. Contempló al centauro Madariaga en la noche tranquila, proclamando bajo el fulgor de las estrellas las alegrías de la paz, la santa fraternidad de unas gentes de las más diversas procedencias unidas por el trabajo, la abundancia y la falta de ambiciones políticas.

El también, pensando en su hijo, se lamentó como la esposa: «¿Por qué habremos venido? …» El también, con la solidaridad del dolor, compadeció á los del otro lado. Sufrían lo mismo que ellos: habían perdido á sus hijos. Los dolores humanos son iguales en todas partes.

Pero luego se revolvió contra su conmiseración. Karl era partidario de la guerra; era de los que la consideraban como el estado perfecto del hombre, y la había preparado con sus provocaciones. Estaba bien que la guerra devorase á sus hijos: no debía llorarlos. ¡Pero él, que había amado siempre la paz! ¡él, que sólo tenía un hijo, uno solo… y lo perdía para siempre! …

Iba á morir; estaba seguro de que iba á morir… Sólo le quedaban unos meses de existencia. Y la pobre compañera que rezaba á sus pies también desaparecería pronto. No se sobrevive á un golpe como el que acababan de experimentar. Nada les quedaba que hacer en el mundo.

Su hija sólo pensaba en ella, en formar un núcleo aparte, con el duro instinto de independencia que separa á los hijos de los padres, para que la humanidad continúe su renovación.

Julio era el único que podía haber prolongado la familia, perpetuando el apellido. Los Desnoyers habían muerto; los hijos de su hija serían Lacour… Todo terminado.

Don Marcelo sintió cierta satisfacción al pensar en su próxima muerte. Deseaba salir del mundo cuanto antes. No le inspiraba curiosidad el final de esta guerra que tanto le había preocupado. Fuese cual fuese su terminación, acabaría mal. Aunque la bestia quedase mutilada, volvería á resurgir años después, como eterna compañera de los hombres.... Para él, lo único importante era que la guerra le había robado su hijo. Todo sombrío, todo negro… El mundo iba á perecer… El iba á descansar.

Chichí estaba subida en un montículo que tal vez contenía cadáveres. Con el entrecejo fruncido contemplaba la llanura. ¡Tumbas… siempre tumbas! El recuerdo de Julio había pasado á segundo término en su memoria. No podría resucitarle por más que llorase.

La vista de los campos de muerte sólo le hacía pensar en los vivos. Volvió sus ojos á un lado y á otro, mientras sujetaba con ambas manos el revuelo de sus faldas, movidas por el viento.

René se hallaba al pie del montículo. Varias veces le miró, luego de contemplar las sepulturas, como si estableciese una relación entre su marido y aquellos muertos. ¡Y él había expuesto su existencia en combates iguales á éste! …

–¡Y tú, pobrecito mío—continuó en alta voz—, podías estar á estas horas debajo de un montón de tierra con una cruz de palo, lo mismo que tantos infelices! …

El subteniente sonrió con melancolía. Así era.

–Ven, sube—dijo Chichí imperiosamente—. Quiero decirte una cosa.

Al tenerle cerca le echó los brazos al cuello, lo apretó contra las magnolias ocultas de su pecho, que exhalaban un perfume de vida y de amor, le besó rabiosamente en la boca, le mordió, sin acordarse ya de su hermano, sin ver á los dos viejos, que lloraban abajo queriendo morir… y sus faldas, libres al viento, moldearon la soberbia curva de unas caderas de ánfora.

FIN

París.– Noviembre 1915.

Febrero 1916.

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