Загрузка...

AI-разбор доступен после входа

Суть книги, пересказ, главный конфликт, ключевые идеи, вывод, кому полезна, главные темы, персонажи и цитаты можно получить после входа в BookRa.

auto_awesomeПолучить AI-разбор

Читать онлайн

Страница 82 из 83

XVII

El pronóstico del médico fue reservado en los primeros momentos. Al cabo de veinticuatro horas manifestó que su estado era grave, aunque no desesperado.

Julita había padecido varios ataques nerviosos en el trascurso de aquel día: la vista de su hermano moribundo le había causado profunda y terrible impresión: no hubo fuerza humana capaz de hacerle tragar alimento ni medicina alguna. El susto de su madre también fue grande, pero trasformose súbito en viva y áspera irritación, de la cual fueron víctimas los padrinos, el médico, los criados, y hasta el mismo Miguel así que se encontró en estado de sufrirla: la gran preocupación de la brigadiera no era que aquél se curase, sino saber quién había tenido la culpa de la desgracia: tan intemperante y desbocada estuvo, que el conde de Ríos no pisó más la casa, limitándose a preguntar todos los días por medio de un lacayo el estado del enfermo.

Afortunadamente, salió del peligro pronto: a los cinco días ya se le permitía hablar, aunque no mucho. Julia no se apartaba de su cabecera. La mamá era la encargada de recibir las numerosas visitas que llegaban; y por cierto que no se hartaba de contar a todo el mundo los pormenores de la catástrofe.

Una tarde, Julia se hallaba, como de costumbre, cosiendo al lado de la cama del enfermo; el cual dormía.

–Oyes, Julia—dijo de pronto despertándose.—¿Quieres hacerme un favor?

–¿Cuál?

–Léeme otra vez la carta de Maximina..... El día aquel no estaba yo para enterarme de nada.....

Julia sonrió con semblante triunfal. En efecto, hacía días que observaba en su hermano cierta predisposición a la melancolía bastante ajena a su carácter: a menudo se pasaba horas enteras con los ojos estáticos, inmóvil, dando señales de hallarse emboscado en una maraña de pensamientos tristes: le molestaba la compañía de los amigos y aun llegaba a desagradarle que su hermana le leyese demasiado tiempo.—Miguel piensa en Maximina—se dijo aquélla al verle tan reflexivo. ¿Qué misterio de amor se le escapará a una joven de diez y siete años?—Pues que pene un poco; ya resollará.

Y así fue, como lo pensó la niña.

–Voy a buscarla—contestó saliendo apresuradamente de la alcoba.

No tardó en llegar con ella en la mano: sentose de nuevo y se puso a leerla con gran calma, observando de reojo al herido.

Al concluir, éste tenía los ojos húmedos, y exclamó mirando al techo:

–¡Pobre niña!

Julia guardó la carta en el pecho, cogió otra vez la costura y se puso a mover la aguja en silencio. Al cabo de algunos minutos el enfermo volvió a decir:

–Voy a pedirte otro favor…

–Lo que quieras…

Toma las llaves de mi escritorio, que están ahí en el chaleco, abre el segundo cajón de la izquierda y saca un crucifijo de plata que hay en él… y tráemelo.

–Aquí está—dijo presentándoselo a los pocos instantes colgando de un pedazo de cordón.

–Este crucifijo—manifestó algo ruborizado—me lo dio Maximina al separarnos: se me rompió el cordón, y esperando comprar otro, lo guardé en el escritorio.

–Tengo yo uno; no necesitas comprarlo—repuso la joven tornando a salir de la estancia y entrando otra vez al instante con un cordoncito azul. Y sin más dilación tomó el crucifijo de manos de Miguel, sacó el cordón viejo, metió el nuevo y dijo con naturalidad:

–¿Quieres que te lo cuelgue?

–Bueno—contestó Miguel poniéndose otra vez colorado.

Al tiempo de colgárselo, Julita acercó la boca a su oído y le dijo graciosamente:

–Si lo hubieras traído siempre, no te habrían herido.

Y sin esperar contestación salió dando brincos. Cuando estuvo en el pasillo, se quedó inmóvil de repente, meditó un momento, y dibujándose en su rostro una sonrisa de placer, siguió corriendo a su cuarto y acto continuo se puso a escribir.

La verdad es que en los días que siguieron a esta escena, Julita se manifestó digna de una plenipotencia de primer orden.

Pocos diplomáticos se hubieran conducido con tanta habilidad.

No volvió a hablar a su hermano de Maximina: pero le dejaba largos ratos solo, y cuando estaba a su lado permanecía quieta y silenciosa, esperando con razón que el pensamiento del herido llevaría a cabo su tarea, y mejor por sí solo que con auxilio de nadie. De vez en cuando, dando largos rodeos, que la hacían reír, Miguel sacaba la conversación de Pasajes y de Maximina, contándole por centésima vez todos los episodios de sus inocentes amores. Ella le escuchaba atenta, le animaba a seguir, pero guardándose de hacerle pregunta alguna acerca de sus designios. Esta táctica parecía excitar cada vez más la locuacidad del enfermo; y aun se advertían en él ciertos deseos de comunicar alguna cosa de más trascendencia; mas tales deseos veíanse contenidos por la reserva y el silencio de Julia.

Una mañana, por fin, ésta vino a sentarse más temprano que de costumbre a su cabecera. Si Miguel se hubiera fijado en ella, tal vez habría advertido en sus ojillos inquietos y negros un brillo singular y en sus manos cierto temblor inusitado; pero se hallaba tan embebido en sus pensamientos y habitual melancolía, que nada observó.

–Dime, Miguel—le dijo la joven levantando resueltamente la cabeza,—¿qué piensas hacer cuando te levantes?

–¿Cuando me levante? … ¿Qué quieres decir?..—repuso sorprendido.

–Sí; ¿qué piensas hacer de tu vida?

–¿Qué sé yo, chica? … Lo de siempre.

Hubo un rato de silencio. Miguel esperaba que su hermana concretase más el pensamiento: viendo que no lo hacía, se decidió a hablar.

–La verdad es, Julia, que he meditado bastante en estos días acerca de mi situación, y no la encuentro tan halagüeña como a primera vista parece. Tú y mamá constituís hoy mi única familia. Con los demás parientes no cuento para nada. Tú te casarás, como es natural. Mamá… ya sabes cómo tiene el genio; la vida a su lado no puede ser alegre. Por otra parte, me voy haciendo viejo (carcajada de Julia). No te rías; aunque por fuera no me siento viejo, por dentro necesito ya sosiego, comodidades; la vida de fonda me horroriza. No puedes figurarte la compasión que me inspiran esos viejos que andan rodando solos por las casas de huéspedes…, que se ponen enfermos y tienen que llamar a una hermana de la caridad… que al llegar de la calle no pueden comunicar sus impresiones tristes o placenteras con un ser querido… que con ganas o sin ellas se ven forzados a salir todas las noches, porque la soledad les arroja del cuarto… ¡Es horrible!

–Bien; todo eso quiere decir que deseas casarte—manifestó Julia con sonrisa burlona.

–No he dicho tal cosa—respondió avergonzado, y reponiéndose en seguida, exclamó:—Pero si lo hubiera dicho, ¿qué? … ¿Tiene algo de particular?

–Nada, hombre, nada; al contrario, siempre he creído que debías casarte.

–¿Pero con quién?—preguntó el joven en tono angustioso.

–Con la muchacha que más te guste…, si es que te quiere.

–Ahí está la dificultad…, que no me gusta ninguna.

–¿Ni la de Pasajes tampoco?

Miguel se turbó aún más, y dijo con palabra vacilante:

–¡Qué pícara eres! Maximina me gustaba. La verdad es que sería una buena esposa…

–¿Pues por qué no te casas con ella?

–¿Crees tú…?—preguntó dirigiéndole una mirada tímida y anhelante.

Страница 82 из 83

Вам также может понравиться

Страница 1 из 5

Назад125Далее