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–¡Vaya! Yo me alegraría muchísimo. Creo que es la única mujer que te conviene.

–¡Ay, Julita!—exclamó con vehemencia incorporándose un poco.—Qué placer me has dado. Hace una porción de días que no pienso en otra cosa.

–Lo sabía perfectamente… Pero hazme el favor de taparte, porque si te mueres no hay boda, y yo quiero comer dulces a toda costa.

Miguel la dirigió una sonrisa de reconocimiento. Hubo otra pausa. Se quedó pensativo y miró dos o tres veces de soslayo a su hermana, como si no se atreviese a manifestarle lo que cruzaba por su mente. Al fin se aventuró a decir:

–Todavía tengo que pedirte otro favor, Julita.

–Ya sé cuál es: que escriba a Maximina, ¿verdad?

–¡Qué talento tan prodigioso! No pareces hermana de un redactor de La Independencia… Escríbele, sí, porque yo, Dios sabe cuándo podré coger la pluma.

–¿Y qué le digo?

–Lo que quieras.

–Bien; le diré que la quieres mucho y que deseas casarte con ella a escape.

–¡Eso; y que es más guapa que la virgen del Carmen!

–Calla, bruto. Voy ahora mismo, no sea que te vuelvas atrás.

Salió de la alcoba; no se pasaron dos minutos sin que se la oyese gritar desde la puerta:

–Ya he escrito, Miguel. Ahí está la contestación.

Alzó los ojos y vio a la misma Maximina, a quien Julia empujaba hacia la cama. Detrás vio asomar la cara del hombre-pez, o sea de D. Valentín, el ex-capitán del Rápido, quien hacía todo lo posible por ocultarse detrás de las jóvenes. Creyó que estaba soñando: de tal modo se pintó el espanto en sus ojos, que Maximina se detuvo en medio del gabinete.

–¡Vamos, necio, no pongas esa cara, que la asustas!—exclamó Julita.

Brilló entonces una chispa de gozo en los ojos del joven. Maximina, más roja que una cereza, avanzó unos pasos más y le preguntó con voz temblorosa:

–¿Cómo se encuentra V., Miguel?

–¡En el sétimo cielo; a la derecha de Dios Padre!

Y tomándole una mano comenzó a besarla con frenesí, como si no hubiera nadie delante.

–Julia te ha escrito pidiéndote perdón de mi parte, ¿no es verdad? … Diciéndote que estaba en peligro de muerte, y deseaba casarme contigo, ¿verdad? … Pues todo, todo eso es cierto… Sólo que ya no me muero. Me casaré en cuanto me levante de esta cama y seremos muchos años felices… Digo (bajando la cabeza y cambiando de tono) en el caso de que tú me quieras… ¿Estás conforme con el programa?

La niña hizo una señal afirmativa: la emoción la impedía hablar.

Miguel estrechó con fuerza sus manos y las llevó al corazón.

D. Valentín contemplaba atónito aquella escena. Julita, desde la puerta, exclamó sentenciosamente llevándose un dedo a la frente:

–¡Y luego dirá mamá que aquí no hay más que viento!

Aquella misma noche volvieron D. Valentín y su sobrina a Pasajes. Tres semanas después fue Miguel a casarse. A las dos horas de recibir la bendición del cura, emprendieron la marcha para Madrid.

El destino tenía reservadas todavía a Miguel otras penas y otras alegrías, las cuales más adelante contaré, si en ello fuere Dios servido.

FIN

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