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Дата написания1970-01-01
Язык книгиes
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Страница 73 из 75XV Josefina duerme
El noble maestrante fácilmente dio con el autor de su deshonra. Así que leyó el anónimo y se recobró del susto, sus sospechas fueron a parar al conde de Onís. No otra cosa le empujó a ello que el parecido, que ahora advertía claramente, entre éste y la niña recogida. Por lo demás, o porque su excesivo orgullo le vendase los ojos, o porque Amalia había sabido tenerle engañado, jamás advirtió entre ellos más que una fría y ceremoniosa amistad que nada tenía de ofensiva. El mismo orgullo detuvo el curso de sus pensamientos amargos con esta consideración: ¿Por qué dar asenso a lo que el anónimo decía? ¿Por qué no suponer que se trataba de una vil calumnia con que algún enemigo quería envenenar su existencia? Mas el dardo había entrado tan profundamente en su corazón que no podía arrancárselo. Todas las consideraciones que su deseo le sugería no bastaban a destruir la gran certidumbre que, sin saber cómo, se le había colado de rondón en el cerebro. Algunos pormenores, que habían pasado para él inadvertidos, adquirieron de pronto alto relieve, se alzaron como antorchas encendidas para guiarle. El principal de todos era, como es natural, la enfermedad de su esposa coincidiendo con la aparición de la niña. Recordaba la extraña tenacidad con que se opuso a que subiese médico alguno a verla; luego el mimo, los cuidados exquisitos que se prodigaron a la criatura. Acudieron también a su memoria aquellas visitas que en otro tiempo hizo su esposa a la Granja con pretexto de escoger algunas plantas. Ninguna circunstancia quedó, referente a la amistad del conde y al hallazgo de la niña, que no revolviese y pesase en su pensamiento.
Tornose silencioso y meditabundo. La mirada dura de sus ojos hundidos se posaba con insistencia en Amalia siempre que ésta entraba en su habitación. En diferentes ocasiones se hizo traer la niña con cualquier pretexto y la contempló largamente, tratando de descifrar en los rasgos de su fisonomía el enigma de su existencia. Amalia observaba todo esto, y leía tan perfectamente en el cerebro de su esposo como en un libro abierto.
–¿Cuándo se casa Luis?—le preguntó un día en tono afectadamente distraído el maestrante.
–Dicen que aún tardará algún tiempo. Necesita arreglar no sé qué asuntos antes de irse a Madrid—respondió con la mayor tranquilidad.
–Siempre. No viene más que alguna que otra vez por la tarde, según me ha dicho un día que le hallé en la tienda de Barrosa.
Justamente a la noche siguiente apareció en la tertulia el conde.
–¿Cómo? ¿Usted por aquí? ¿Ha regresado ya de la Granja?—le preguntó D. Pedro, clavándole una mirada penetrante.
–Definitivamente, no. Tengo el coche abajo, y me vuelvo a dormir.
–Se aburre usted allí, ¿verdad?—le preguntó D. Cristóbal Mateo.
–Por el día no. Estoy muy entretenido con los trabajos del campo, el molino, los bichos, etc. ¡Pero las noches se hacen tan largas! …
Luis venía solamente por ver a su hija. Amalia no se lo permitió hasta que la niña estuvo medianamente repuesta. Volvió a vestirla como antes y le devolvió los fueros que tenía. Pero no el cariño. El encanto se había roto.
Porque Luis la aborrecía: estaba sometido a la fuerza. Con aquella pasión ardorosa, con aquel amor lleno de misterio y placer se había unido también la afición a la criatura. Pero los martirios que su cólera insensata le había hecho padecer abrió entre ellas un abismo. Josefina jamás amaría a su verdugo. La pobre niña, vestida con ricos trajes, vagaba sola por el palacio de Quiñones, sin hallar en nadie ternura. Amalia huía, de ella. Los criados, avergonzados de sus malos tratos y pesarosos de aquel repentino cambio, que elevaba de nuevo a la expósita sobre ellos, no le dirigían la palabra. El largo martirio sufrido y la terrible enfermedad con que terminó habían dejado huellas profundas en su semblante. Su rostro pálido se trasparentaba como el nácar. En torno de los ojos persistía aquel círculo oscuro, negro, de agitación y dolor. El conde sentía apretarse su corazón cada vez que la veía. Costábale trabajo retener las lágrimas.
Amalia no dio noticia a su amante del imprudente anónimo que había dirigido a Quiñones. Temiendo, por la actitud de éste, algún grave acontecimiento, resolviose a despistarle, ya que volverle la calma no era posible. El partido que mejor le pareció fue apartar las sospechas de Luis y encaminarlas hacia Jaime Moro. Era el único que por su edad, figura y posición podía aparecer como un amante verosímil. Principió por tratarle, en presencia de D. Pedro, con particular afecto, distinguiéndole de los demás tertulios de modo harto visible. Dirigíale miradas y sonrisas significativas; gustaba de ponerse detrás de su silla cuando estaba jugando al tresillo, y embromarle; llamábale a cada instante con cualquier pretexto y le retenía a su lado largos ratos hablándole en secreto, acercando más de la cuenta el rostro al suyo. No era tan fácil como puede parecer seducir a Moro, aunque sólo fuese en la apariencia. Nada tenía de arisco; al contrario, gozaba justa fama de caballeroso y galante con las damas. Pero cuando las damas se hacían incompatibles con el billar o el tresillo no lo había más grosero y cerril en seis leguas a la redonda. Amalia le mortificaba infinitamente reteniéndole cuando los tresillistas le aguardaban. Entonces no respondía acorde a sus preguntas, sonreía por máquina y dirigía frecuentes y codiciosas miradas a la mesa donde sus compañeros gozaban ya las dulzuras de alguna vuelta con palo de favor.
–Moro, siéntese usted aquí; vamos a charlar un rato.
Moro temblaba: se le venía el mundo encima. Tomaba asiento al lado de la dama con una cara larga, larga, que no daba idea cabal de la pasión que debía arder en su pecho.
El maestrante había hecho poco caso de aquellos apartes, de las preferencias y las sonrisas insinuantes de su esposa. Les miraba con ojos distraídos, sin venírsele a la mente ninguna sospecha, preocupado enteramente con la verdadera pista. Sin embargo, al cabo de algunos días, tanto insistió Amalia y tan buena maña se dio, que el noble caballero principió a fijarse en aquellos signos y a darles algún valor. La valenciana sintió el placer del triunfo. Sus cálculos iban camino de realizarse. Y para dar impulso poderoso y decisivo a su enredo, ocurriosele en el momento una treta peregrina. Se hallaba sentada en un rincón, teniendo a su lado a Jaime Moro, bien a la vista de D. Pedro. Moro, distraído como siempre. La esposa de Quiñones necesitaba hacer prodigios de habilidad para sostener la conversación, le sonreía, le mimaba, le envolvía en una red de palabras melosas, que acentuaba fuertemente con la sonrisa a fin de llamar la atención de D. Pedro.
–¿Qué es eso? ¿Está usted mirando mi brazalete?
Moro no había reparado en él.
–Es muy lindo—se apresuró a decir por complacencia.
–Ha pertenecido a mi madre. Tiene más mérito de lo que parece. Este retrato, que es el de mi abuela, está hecho de mosaico… vea usted.
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Algunos pormenores, que habían pasado para él inadvertidos, adquirieron de pronto alto relieve, se alzaron como antorchas encendidas para guiarle. El principal de todos era, como es natural, la enfermedad de su esposa coincidiendo con la aparición de la niña. Recordaba la extraña tenacidad con que se opuso a que subiese médico alguno a verla; luego el mimo, los cuidados exquisitos que se prodigaron a la criatura. Acudieron también a su memoria aquellas visitas que en otro tiempo hizo su esposa a la Granja con pretexto de escoger algunas plantas. Ninguna circunstancia quedó, referente a la amistad del conde y al hallazgo de la niña, que no revolviese y pesase en su pensamiento."},{"id":"content14:2","kind":"paragraph","text":"Tornose silencioso y meditabundo. La mirada dura de sus ojos hundidos se posaba con insistencia en Amalia siempre que ésta entraba en su habitación. 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La valenciana sintió el placer del triunfo. Sus cálculos iban camino de realizarse. Y para dar impulso poderoso y decisivo a su enredo, ocurriosele en el momento una treta peregrina. Se hallaba sentada en un rincón, teniendo a su lado a Jaime Moro, bien a la vista de D. Pedro. Moro, distraído como siempre. La esposa de Quiñones necesitaba hacer prodigios de habilidad para sostener la conversación, le sonreía, le mimaba, le envolvía en una red de palabras melosas, que acentuaba fuertemente con la sonrisa a fin de llamar la atención de D. Pedro."},{"id":"content14:18","kind":"paragraph","text":"–¿Qué es eso? ¿Está usted mirando mi brazalete?"},{"id":"content14:19","kind":"paragraph","text":"Moro no había reparado en él."},{"id":"content14:20","kind":"paragraph","text":"–Es muy lindo—se apresuró a decir por complacencia."},{"id":"content14:21","kind":"paragraph","text":"–Ha pertenecido a mi madre. Tiene más mérito de lo que parece. 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