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Al mismo tiempo levantó la mano. Moro lo contempló con afectada admiración.

–Repárelo usted bien.

Y la alzó aún más, poniéndosela cerca de los ojos. Observando con el rabillo del ojo que don Pedro la miraba, todavía la alzó un poquito, hasta rozar con ella los labios del joven. Pero en aquel instante la retiró bruscamente con vivo ademán. Moro quedó estupefacto. Involuntariamente dirigió la vista hacia D. Pedro, y notando que éste le clavaba una mirada fría y penetrante, se puso colorado hasta las orejas. Amalia se levantó y se fue al salón, como si quisiera disimular su turbación.

Fue grande la que se apoderó del orgulloso maestrante con el secreto que pensó sorprender. Sus ideas experimentaron violenta sacudida. Agitado por mil sospechas contrarias, dominado por una cólera furiosa, movía entre sus trémulas manos las cartas, sin pensar en ellas, imaginando horribles venganzas contra su esposa y contra el…

¿Contra quién? ¿Cuál era el traidor? La duda encendía aún más su rabia.

Lo que había visto era bien concluyente. Y, sin embargo, su pensamiento no podía apartarse del conde de Onís. Contra el testimonio de sus propios ojos alegaba el instinto, una voz interior que le señalaba sin cesar a su enemigo.

Apareció éste en la tertulia. Saludó fríamente a Amalia y se fue derecho al gabinete; pero Manuel Antonio le retuvo tirándole por el faldón del frac.

–¿Dónde vas, Luis? Ven aquí, muchacho; no te nos enfrasques tan pronto en el juego. Mira, aquí María Josefa y Jovita han estado disputando toda la noche sobre la fecha de tu matrimonio. Yo les he dicho: «No disputéis más. Si viene hoy Luis, es tan amable que de seguro os lo ha de decir.»

–Pues las has engañado—respondió el conde aproximándose al grupo.

–¿Tan grosero te has vuelto?

–No es grosería, es ignorancia. Estas señoritas saben muy bien que las cosas no se realizan nunca como y cuando queremos. Si yo les dijese ahora una época y resultase otra, pensarían que había tratado de burlarme de ellas.

Apesar de los esfuerzos que hacía por sonreír, el semblante del conde reflejaba tristeza infinita. Su voz salía apagada y enronquecida.

–¡No, no! ¡Nada de eso!—exclamó riendo Jovita.—Díganos usted un día cualquiera, que aunque luego resulte otro, pensaremos que no ha sido por su voluntad.

–Bueno, pues mañana.

–¡Eso tampoco!—gritaron ambas solteronas alborozadas.

–No son ustedes fáciles de contentar. ¿Qué día quieren que me case? Señálenlo ustedes.

El conde no había dicho una palabra a nadie de la ruptura de su matrimonio. La innata debilidad de su carácter le obligaba a callar una noticia que muy pronto había de difundirse. Tenía miedo a la curiosidad pública, a las preguntas, a que en el rostro le adivinasen las causas de tal resolución. Y temblaba y se entristecía profundamente cada vez que, como ahora, le tocaban este punto.

Hasta entonces no se había traslucido nada. Creíase en la ciudad que de un día a otro se iría a Madrid a reunirse con su futura. Sin embargo, Manuel Antonio, cuyo olfato era superior al de todos sus contemporáneos, había olido algo. Y con la tenacidad y el disimulo de una Isabel de Inglaterra, principió a recoger noticias y a atar cabos de tal modo que a la hora presente andaba muy cerca de la verdad.

–Muy triste te veo estos días, Luisito—le dijo bruscamente.—Más que de matrimonio tienes cara de testamento.

El conde se turbó y no supo más que contestar sonriendo forzadamente:

–El matrimonio es un paso muy serio.

Trató de marcharse, pero Manuel Antonio volvió a retenerlo. A todo trance quería dar con la clave del enigma, saber de un modo positivo lo que sospechaba. Y ayudándose de María Josefa, que sabía mejor que él a qué atenerse, mantuvo alerta la conversación algún tiempo sobre el escabroso tema. Luis estaba en brasas. Dirigía frecuentes miradas hacia el sitio de Amalia, como reclamando lo que estaba obligada a concederle. Levantose al fin la dama, se asomó a la puerta y tornó a sentarse. A los pocos momentos apareció el rostro pálido y suave de Josefina. Paseó sus ojos tristes por la sala, y a una seña de su madrina dirigió sus pasos al gabinete. Al cruzar por detrás del conde, volviose éste a medias y le echó una mirada rápida y ansiosa, que no pasó inadvertida a la sagacidad de sus interlocutores. La niña levantó sus ojos hacia él, brillando con sonrisa feliz. Fue un choque magnético que hizo arder súbito toda la alegría de su corazón infantil. Los tertulios la llamaron, trataron de retenerla; pero ella, obedeciendo la orden de su madrina, siguió hasta el gabinete. Pocos momentos después se oyó la voz áspera de Quiñones.

–¿No está el conde de Onís por ahí? ¿Cómo no entra?

–Allá voy, D. Pedro—se apresuró a responder Luis, contento de separarse de aquel enfadoso grupo.

Al entrar en el gabinete se produjo, en menos tiempo del que puede tardarse en referirla, una terrible escena que puso en conmoción y espanto a toda la tertulia. D. Pedro estaba con las cartas en la mano y lo mismo Jaime Moro y D. Enrique Valero. Saleta, que hacía el cuarto, hablaba con el capellán sentado detrás de él. En torno de la mesa había tres o cuatro personas de pie mirando el juego. Cerca del noble maestrante se hallaba Josefina con los bracitos cruzados esperando su bendición para irse a la cama.

Al entrar el conde, Quiñones le lanzó una rápida mirada escrutadora, clavó enseguida otra de profundo odio en la niña y dijo con sonrisa sarcástica:

–Ah, ¿quieres la bendición? … Toma la bendición.

Y le dio de revés un tremendo bofetón que la hizo rodar por el suelo, soltando sangre por boca y narices. Luis sintió aquella bofetada en sus mejillas. Huyó repentinamente de ellas toda la sangre y quedó densamente pálido. Y por un impulso ciego, superior a su voluntad, gritó fuera de sí:

–¡Eso es una vileza! ¡Una cobardía!

Y aun trató de lanzarse sobre él. Pero le detuvieron. D. Pedro gritaba mientras tanto a grandes voces, loco de furor:

–¡Por fin caíste! ¡Por fin caíste, perro!

Hizo un esfuerzo supremo para alzarse del asiento y lanzarse sobre el ladrón de su honra, consiguiolo a medias, y cayó al fin de nuevo, privado de sentido, torciendo la boca.

Los tertulios se habían levantado todos y acudieron al gabinete. Las señoras gritaban aterradas. Los hombres preguntaban a los de dentro lo que ocurría. El conde de Onís paseó una mirada de extravío por ellos, se dirigió al sitio donde yacía Josefina, alzola del suelo y, con ella en brazos, trató de abrirse paso. Amalia se le puso delante.

–¿Adónde va usted?

Y quiso arrancarle la niña. Pero Luis extendió la mano, agarró a la valenciana por los cabellos y, después de sacudirla tres o cuatro veces con fuerza, la arrojó lejos de sí y se lanzó a la puerta del salón.

Bajó la escalera a saltos, salió a la calle, donde esperaba el coche, y brincando en él con su preciosa carga dijo al cochero:

–¡A escape, a la Granja!

El pesado vehículo rodó con estrépito por las calles mal empedradas. No tardó en salir a la carretera.

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