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О книге

Дата написания1970-01-01
Язык книгиes
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Страница 84 из 84

Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su Bilbao volvería á ser la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una vida mediocre y pacífica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus calles el ejército de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los que llegaban á exhibir como una acusación muda sus harapos y su cara de hambre ante los palacios de los ricos.

Y al ausentarse la Fortuna loca, marcharían tras sus pasos aquellos hombres negros que la seguían como merodeadores, que sólo se mostraban hablando del cielo allí donde se amontonaban los beneficios de la tierra. No vacilarían en abandonar una tierra exhausta, olvidándola como tenían olvidados á los países pobres, donde nunca se mostraban, como si en ellos no existiesen hijos de su Dios.

Aresti, al pensar que la ruina de su país sería la señal para que los invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella llegase cuanto antes: sonreía pensando en el agotamiento de las minas como en una catástrofe providencial y salvadora.

Llevaba más de dos horas paseando por la orilla de la ría. Comenzaba el agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el sol ocultábase tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos seguía la lenta flotación del último santo, arrojándole piedras para que no se detuviera en las revueltas de la corriente.

Después de las agitaciones de la tarde, la calma majestuosa del crepúsculo de verano, parecía envolver suavemente el espíritu de Aresti, elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo de tierra donde había de morir. Era un ataúd, en el que dormitaba, rodeado de seres egoístas que se defendían del vecino ó intentaban aplastarle, siempre en continua guerra, como si todos se creyesen inmortales y temblaran por su sustento durante una vida sin límites.

Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y doloroso camino que aún tenía por delante; en la obscura selva por donde marchaba, encadenados sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos doloridas hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos, como una estrella perdida en la noche.

El sol se había ya ocultado. Sobre las aguas ligeramente enrojecidas por el resplandor sangriento del cielo, flotaba la imagen del último santo.

Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el último crepúsculo de las religiones. ¡Ay, si la noche que llegaba fuese eterna para los viejos ídolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de todas las leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa ante el negro secreto de la muerte!

El doctor contemplaba la fuga del ídolo sobre las aguas, y, como atraído por él, lo seguía á lo largo de la ribera.

Soñaba en el día glorioso de la humana redención: cuando desapareciesen los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que hablan mantenido á los hombres durante siglos en la esclavitud, cantándoles la canción de la humildad y la repugnancia á la vida, arrullándolos en su eterna niñez, con la apología de la resignación cobarde ante las injusticias terrenales, como medio seguro de ganar el cielo…

No: aquellos ídolos habían engañado á la humanidad demasiado tiempo y debían morir. Sus días aún serían largos, pero estaban contados. Los hombres comenzaban á maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos hostiles con la sublime rebeldía del sacrilegio. Eran los alcahuetes de la injusticia. Bajarían de sus altares como habían descendido los dioses del paganismo cuando les llegó su hora, siendo más hermosos que ellos. Quedarían en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr siquiera, en su fealdad, la admiración que inspira la armoniosa desnudez: se confundirían con los fetiches grotescos de los pueblos primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras sus aspiraciones y anhelos, adoraría en el infinito de su idealismo las dos únicas divinidades de la nueva religión: la Ciencia y la Justicia Social.

FIN

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