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О книге

Дата написания1970-01-01
Язык книгиes
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Страница 126 из 128

Un oficial francés, inmóvil junto á Ulises en el puente, admiró la belleza del día y del mar. Ni una nube en el cielo; todo era azul arriba y abajo, sin otra alteración que las franjas de espuma peinándose en los salientes de la costa y los inquietos oros del sol formando un ancho camino sobre las aguas. Un rebaño de delfines triscó en torno del buque como en los cortejos de las divinidades oceánicas.

–¡Si siempre estuviese así el mar—dijo el capitán—, qué delicia ser marino!

Los tripulantes veían desde la borda á las gentes de tierra correr y agruparse, atraídas por la novedad de un vapor que pasaba al alcance de sus voces. En todos los puntos salientes del litoral surgía una torre chata y rojiza, último vestigio de la guerra milenaria del Mediterráneo.

Acostumbrados á las rudas orillas del Océano y sus eternas rompientes, los marinos bretones admiraban esta navegación fácil casi tocando la costa, viendo á sus habitantes del tamaño de hormigas. Dirigido el buque por otro capitán, hubiese resultado peligroso navegar tan cerca. Pero Ferragut reía, haciendo indicaciones lúgubres á los oficiales que estaban en el puente, para que resaltase mejor su seguridad profesional. Indicaba los escollos ocultos en el fondo. Aquí se había perdido un trasatlántico italiano que iba á Buenos Aires… más allá un velero de cuatro palos había encallado, perdiendo su cargamento… El sabía por centímetros el agua que podía quedar entre los peñascos traidores y la quilla de su buque.

Buscó con predilección los fondos más inquietantes. Estaban en la zona peligrosa del Mediterráneo, donde los submarinos alemanes se mantenían á la espera de los convoyes franceses é ingleses que iban navegando al abrigo del litoral español. Los obstáculos de la costa sumergida eran para él la mejor defensa contra los invisibles ataques.

Fué esfumándose á sus espaldas el promontorio Ferrario, hasta no ser mas que una sombra en el horizonte. Desfiló ante el vapor toda la costa de la Marina; luego, el cabo Huertas, el lejano puerto de Alicante y el cabo de Santa Pola. A la caída de la tarde, el Mare nostrum estaba frente al cabo Palos, y tuvo que navegar aguas afuera para doblarlo, dejando Cartagena á lo lejos. Desde aquí haría rumbo Sudoeste hasta el cabo de Gata, donde empieza á angostarse el Mediterráneo, formando el embudo del estrecho. Luego pasarían ante Almería y Málaga, llegando á Gibraltar al día siguiente.

–Aquí es donde esperan muchas veces los enemigos—dijo Ferragut á uno de los oficiales—. Si no tenemos un mal encuentro antes de la noche, habremos terminado perfectamente nuestro viaje.

El buque se había despegado del litoral; ya no se alcanzaba á distinguir la costa baja. Sólo á proa se mantenía visible el dorso saliente del cabo, emergiendo como una isla.

Caragòl apareció con una bandeja en la que humeaban dos vasos de café. No quería ceder á ningún marmitón el honor de servir al capitán cuando estaba en el puente.

–¿Qué opina usted del viaje?—preguntó Ferragut alegremente antes de beber—. ¿Llegaremos bien? …

El cocinero hizo un gesto de desprecio, como si los alemanes pudiesen verle.

–No pasará nada; estoy seguro de ello… Tenemos quien vela por nosotros, y…

Se vió interrumpido en estas afirmaciones. La bandeja escapó de sus manos, y fué tambaleándose como un ebrio, hasta aplastar su abdomen contra la barandilla del puente. «¡Cristo del Grao! …»

A Ferragut también se le cayó el vaso que llevaba á su boca, y el oficial francés, sentado en un banco, casi se dobló sobre las rodillas. El timonel tuvo que agarrarse á la rueda con un crispamiento de sorpresa y de terror.

Todo el buque tembló de la quilla al extremo de los topes, de la proa al timón, con un estremecimiento mortal, como si unas tenazas invisibles acabasen de inmovilizarlo en plena carrera.

El capitán quiso explicarse este accidente. «Hemos encallado—se dijo—; un escollo que no conozco; algo que no figura en las cartas…»

Pero aún no había transcurrido un segundo cuando algo vino á añadirse á este choque, desmintiendo las suposiciones de Ferragut. El aire azul y luminoso se arrugó bajo el zarpazo de un trueno. Cerca de la proa se produjo una columna de humo, de gases en expansión, de vapores amarillentos y fulminantes, subiendo por su centro en forma de abanico un chorro de objetos negros, maderas rotas, pedazos de plancha metálica, cuerdas inflamadas que se disolvían en ceniza.

Ulises ya no dudó. Acababan de recibir un torpedazo. Su mirada ansiosa se esparcía sobre las aguas.

–¡Allí! … ¡allí!—dijo tendiendo una mano.

Sus ojos de marino acababan de descubrir la leve traza de un periscopio que nadie conseguía ver.

Bajó del puente, ó más bien, se dejó rodar por la escalerilla, corriendo hacia la popa.

–¡Allí! … ¡allí!

Los tres artilleros estaban junto al cañón, tranquilos y flemáticos, llevándose una mano á los ojos para ver mejor el punto casi invisible que les señalaba su capitán…

Ninguno de ellos reparó en la inclinación que empezaba á tomar la cubierta lentamente. Introdujeron el primer proyectil en la recámara, mientras el apuntador se esforzaba por distinguir aquel pequeño bastón negro perdido en las ondulaciones del agua.

El buque volvió á sufrir otro choque tan rudo como el anterior. Todo él gimió con un estremecimiento agónico. Las planchas temblaban, perdiendo la cohesión que hacía de ellas una sola pieza. Los tornillos y bulones saltaron á impulsos del sacudimiento general. Un segundo cráter se abrió en mitad del buque, llevándose esta vez en el abanico de su explosión miembros humanos destrozados.

Adivinó el capitán que era inútil la resistencia. Sus pies parecían avisarle el cataclismo que se desarrollaba debajo de ellos: la tromba líquida invadiendo con espumoso mugido el espacio entre la quilla y la cubierta, destrozando las mamparas metálicas, derribando los portones de seguridad, desordenando los objetos, arrastrándolo todo con la violencia de una inundación, con el mazazo de un dique que se rompe. La cavidad llena de aire, flotante y ligera, iba á convertirse en un ataúd de agua y plomo, yéndose á fondo.

El cañón de popa lanzó el primer disparo. A Ferragut le pareció irónico su estampido. Nadie como él se daba cuenta del estado del buque.

–¡A los botes!—gritó—. ¡Todo el mundo á los botes!

Fué inclinándose el vapor de un modo alarmante, mientras los hombres obedecían esta orden sin perder su serenidad.

Una trepidación desesperada conmovió la cubierta. Eran las máquinas, que lanzaban estertores agónicos, al mismo tiempo que huía por la chimenea un torrente de humo denso como tinta. Los fogoneros volvieron á la luz con los ojos dilatados por el espanto sobre sus caras negruzcas. La inundación había empezado á invadir sus dominios, rompiendo las compuertas de acero.

–¡A los botes! … ¡Al agua los botes!

El capitán repitió sus gritos de mando, ansioso de ver embarcada la tripulación, sin pensar por un momento en la propia seguridad.

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