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О книге

Дата написания1970-01-01
Язык книгиes
Возрастное ограничение12+

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Страница 80 из 81

Y en el comedor, cada vez más solitario, pues los pasajeros abandonaban ya las mesas, Gillespie dejó intactos todos los platos que le presentó el camarero.

–Ha muerto, ha muerto indudablemente.

Cuando vió entrar al encargado de la telegrafía sin hilos del paquebote, mirando á un lado y á otro, con un pequeńo sobre en una mano, Edwin se incorporó para atraer su atención.

Estaba seguro de que le buscaba á él, trayéndole la más fatal de las noticias.

Efectivamente, el telegrafista fué hacia su mesa y le entregó el despacho.

Gillespie abrió el sobre con mano temblorosa, buscando inmediatamente la firma del telegrama. ĄLo que él había pensado! … El despacho iba suscrito por mistress Augusta Haynes.

No consideró necesario leer las líneas del texto. żPara qué? … Sólo un acontecimiento terrible podía obligar á esta seńora, tan enemiga suya, á enviarle un telegrama.

–Ha muerto; efectivamente, ha muerto.

Danzaron ante sus ojos las luces del comedor; después se fueron debilitando, como si les faltase la fuerza del fluido. Un velo acuático acababa de correrse entre sus ojos y estas luces. Y para que los pasajeros retardados no le viesen llorar, Edwin Gillespie inclinó la cabeza permaneciendo así mucho tiempo.

Al fin volvió á abrir el despacho instintivamente, para leerlo línea por línea. Sentía el deseo amargamente atractivo que nos impulsa á paladear los grandes dolores. Necesitaba saber cómo había sido su desgracia, conocerla detalle por detalle, rebuscando entre las palabras inmóviles y secas del telegrama la vibración de aquella catástrofe, sin interés para el resto de los humanos, pero la más grande que podía ocurrir en el mundo para la madre y para él.

Se movió en su asiento nerviosamente al leer las primeras palabras. ĄMiss Margaret no había muerto! … La madre le decía simplemente que su hija estaba enferma, muy enferma, y para que recobrase la salud, ella rogaba á Gillespie que regresase cuanto antes á los Estados Unidos.

Quedó aturdido por el texto inesperado del despacho. Experimentó una gran alegría, avergonzándose á continuación de ella. El desesperado pesimismo que había sentido en los primeros momentos se reprodujo, haciéndole buscar en el telegrama la parte más alarmante, ó sea las primeras palabras.

żQué importaba que la orgullosa seńora, olvidando la altivez con que siempre le había tratado, se humillase hasta formular este llamamiento? … Lo concreto, lo seguro, era que Margaret estaba muy enferma. Para que mistress Augusta Haynes se decidiese á llamar al ingeniero Gillespie—pretendiente que nunca había sido de su gusto—era preciso que la hija estuviera en verdadero peligro de muerte. ĄY él que se hallaba al otro lado del mundo, separado por una navegación de varias semanas! …

Pasó la noche sin dormir, saltando de su lecho para pasear por el puente y volviendo á meterse en el camarote con un deseo siempre incumplido de lograr un poco de sueńo.

–ĄQuién sabe si ya habrá, muerto!—pensaba tenazmente bajo el influjo de su pesimismo—. Cuando la madre ha enviado este despacho, es indudable que Margaret va á morir…. ĄY yo sin poder realizar los deseos de esa seńora, que parece me espera con ansiedad! … ĄQué idea la mía de emprender un viaje á estas tierras remotas!

Después del amanecer subió á la última cubierta, paseando cerca del puente de mando para poder hablar con alguno de los oficiales.

Encontró á uno que no se parecía en nada al que había visto durante su ensueńo, ocupando juntos el mismo bote cuando abandonaron el buque próximo á hundirse.

Quiso saber los medios más seguros para regresar á los Estados Unidos cuanto antes, y el oficial le habló de un paquebote que partiría de Melbourne horas después de la llegada de éste en que iban ellos.

La buena noticia animó un poco á Gillespie, haciéndole pensar en la remota posibilidad de que sus asuntos pasionales obtuviesen finalmente una solución dichosa.

Cuando se dirigía al comedor en busca del desayuno, escuchó su nombre. Era el empleado del telégrafo, que le buscaba para entregarle un nuevo despacho.

Sintió que toda su sangre afluía al corazón, dejando sus miembros en una frialdad cadavérica. Después el torrente sanguíneo refluyó con violencia, esparciendo por todo su cuerpo una picazón cáustica…. Lo que él había presentido durante la noche iba á realizarse. El primer telegrama de la madre era una especie de preparación para que el dolor lo fuese recibiendo por gradaciones. Le había anunciado que Margaret sólo estaba enferma, para horas después enviarle un segundo telegrama con la terrible noticia de su muerte…. Y el telegrama estaba allí al alcance de su mano.

Pero el telegrafista, un jovenzuelo de ojos maliciosos, le miraba sonriente, y se adivinaba en su sonrisa algo que tal vez tenía relación con el despacho.

En el primer momento Gillespie se sintió tan irritado por esta jovialidad, completamente en desacuerdo con su dolor, que hasta tuvo el propósito de gratificar al joven con un puńetazo entre ambas cejas. Después pensó que el telegrafista estaba enterado indudablemente de lo que contenía el sobre, y era inverosímil que entregase sonriendo una noticia de muerte.

Hasta se imaginó que su sonrisa actual era continuación de otras sonrisas anteriores que no había podido reprimir mientras con un lápiz en la mano y el casco de orejas metálicas en la cabeza escribía las palabras misteriosas llegadas á través de la atmósfera.

Gillespie le arrebató el despacho para abrirlo…. ĄOh Dios! ĄLa firma de miss Margaret!

Y después de leerlo en un silencio entrecortado por su respiración jadeante, empezó á reir. Luego dijo en voz alta, con tono de admiración y regocijo:

–ĄOh, las mujeres! żQuién podrá nunca luchar con las mujeres?

Saludó el telegrafista, asintiendo á estas palabras, y sus ojos parecieron decir: ŤEl gentleman tiene mucha razón.ť

Luego se marchó para que Edwin pudiese volver á leer con toda calma aquel papelillo que contenía todo un mundo de felicidad.

La dulce miss Margaret Haynes le telegrafiaba para ordenarle que volviese cuanto antes, ańadiendo que si había recibido un despacho de su madre con la noticia de que ella estaba gravemente enferma no hiciese caso alguno.

Su salud era mejor que nunca; pero había necesitado fingirse enferma durante un mes, con gran abundancia de melancolías y llantos, y hasta privarse de bailar en tanto tiempo. Esto último era lo que había asustado más á la madre, haciéndola creer en una muerte próxima; y como amaba mucho á su hija, la grave seńora había acabado por acceder á su matrimonio con el ingeniero.

La consideración de que Margaret había podido privarse de bailar durante cuatro semanas para casarse con Edwin conmovió á éste profundamente. ŤĄAdorable criatura! … ĄImposible pedir mayor sacrificio! …ť ĄAy! ĄCómo deseaba tenerla en sus brazos, de cinco á siete de la tarde, en cualquier hotel de las riberas del Atlántico ó del Pacífico, bailando al son de una orquesta de negros, cadenciosa y disparatada!

Su impaciencia le hizo subir otra vez al puente, en busca del mismo oficial.

–żCuándo llegaremos á Melbourne?

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