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О книге

Дата написания1970-01-01
Язык книгиes
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Страница 176 из 180

El trasatlántico avanzaba lentamente, como si su quilla mordiese en el fondo ocultos obstáculos. Estremecíase al remover un légamo secular, venciendo ocultas resistencias. En torno de su vientre se obscurecían las aguas con una nube negra que subía de la profundidad. Las espumas levantadas por las hélices tenían en su hervor manchas de detritus. Un viento a ráfagas, más violento que el del Océano, pasaba sobre esta superficie, levantando un oleaje encontrado que chocaba imponente en los flancos de la nave, sin producir en ella la menor conmoción. Media hora después, al cesar el viento, la superficie del río quedaba casi inmóvil.

Fuera de las líneas de balizamiento pasaban a todo vapor, o con las velas desplegadas, numerosos buques. Eran fragatas que iban a descargar, Paraná arriba, en el puerto de Rosario; vapores de tres pisos, sin mástiles y de escaso fondo, parecidos a casas flotantes, que hacían el servicio diario entre Buenos Aires y Montevideo; reducidos paquebotes, iguales en su forma a los grandes trasatlánticos, que remontaban el estuario con rumbo al Paraguay y a las escalas fluviales del corazón del Brasil, en plena selva virgen.

Ojeda vio a Maltrana venir hacia él sonriente y amistoso como si le faltara tiempo para comunicarle gratas noticias.

–Lo de la familia Kasper queda resuelto. Nélida acaba de presentarme a su temible hermano… En cuanto al camarote misterioso, ya no tiene misterio… Hace un rato he estado hablando con «el hombre lúgubre».

Y como si gozase manteniendo latente la curiosidad de Fernando, empezó por hablar de Nélida y su familia. ¡Todos contentos! El hermano pequeño atolondrado por las reprimendas de la madre y el enojo patriarcal del señor Kasper, parecía haber olvidado sus amenazas, absteniéndose de hacer revelaciones al hermano mayor. Nélida le cedía a perpetuidad el loro y la mona regalados por Ojeda, y esta merced generosa había acabado de extinguir sus antiguos rencores. Ocupado en sus caricias a estos compañeros, no se acordaba de nada.

El padre y su montaraz primogénito habían pasado varias horas en la noche anterior y en esta mañana hablando de negocios. Y Nélida aprovechaba la menor pausa para acariciar con gestos felinos y engañosos al sombrío centauro, que también parecía haber olvidado con la emoción sus recelos y sus amenazas. Acababa de encontrarse Isidro con ellos en el fumadero, y Nélida le había presentado al hermano.

–Un bárbaro; créame, Ojeda. Mirada torva, dificultad en el hablar, como si no se acordase de las palabras, y un apretón de manos que aún me duele. Pero me dio las gracias como pudo al saber por Nélida que yo y otro señor compatriota mío habíamos tenido grandes atenciones con ella. Hasta me ha invitado a que vaya a pasar unos días en su estancia. ¡Qué vida ésta del Océano! ¡Qué cosas ha visto el buque! …

–¿Y lo del camarote?—preguntó Fernando—. ¿Qué es lo que hay dentro de él?

Otra vez lanzó exclamaciones Maltrana ponderando las sorpresas de aquella vida sobre el mar, abundante en novedades y contrastes. Venían viajando sobre catorce millones en oro apilados en la bodega; y por si no bastaba tanta riqueza, él había dormido todas las noches junto a una señora millonaria, cuya presencia en el trasatlántico muy pocos conocían.

–¿La ha visto usted?—preguntó Ojeda, francamente interesado por esta noticia.

–No pienso verla: no me tienta la curiosidad. Ha perdido todo interés para mí… Porque le advierto, Fernando, que la tal señora, mi vecina de camarote, murió hace un mes en París, y es su cadáver el que viene con nosotros a Buenos Aires.

Acababa Isidro de enterarse. El mayordomo del buque le había revelado el secreto viendo próximo el término del viaje.

–La pobre señora tenía un nombre poético un tanto raro: doña Matutina Flores. Parece que en esta tierra bautizan a las gentes con nombres algo originales… ¡Los millones de la noble matrona! No sé cuántos: unos dicen treinta, otros cuarenta… En fin, muchas casas en Buenos Aires, leguas y leguas de campos, miles y miles de vacas, acciones de todos los Bancos serios. Vivía en París, como todo argentino rico que se respeta, rodeada de hijas, hijos, yernos, nueras y nietos. Una familia numerosa, una verdadera tribu, pero con víveres en abundancia. Y al morir doña Matutina la llevan a enterrar a Buenos Aires, según su póstuma voluntad. Los hijos y los yernos no han querido hacer el viaje con ella (esto les enternecería mucho), pero vienen en otro buque, para repartirse la herencia sobre el terreno.

–¿Y el hombre misterioso? …

–Es simplemente el mayordomo que tenía la difunta en su hotel de la Avenida del Bosque… Un majestuoso doméstico, que sabe guardar las distancias lo mismo que un diplomático, y por eso se mantenía aparte, con un digno espíritu de clase. ¡Y yo que tomaba esta tiesura por orgullo!

El recuerdo de sus pasadas curiosidades surgió en Maltrana como un remordimiento.

–¡Pobre doña Matutina! … Que me perdone desde el cielo los escándalos que he dado ante su puerta… Ni la conozco ni me deja nada; pero la tengo cierta simpatía. Ya ve usted: ¡medio mes de dormir juntos, sin otra separación que un tabique de madera! … ¡Y tantas veces que la han recordado las señoras argentinas en sus tertulias de la cubierta, sin sospechar que la tenían debajo de sus pies! … Los herederos se han portado bien. En vez de meterla en la bodega, la han alquilado un camarote, como si fuese una persona viva. ¡Corazones generosos! … ¡Las atenciones y finezas que inspiran unas docenas de millones! …

Isidro no podía abandonar el recuerdo de este cadáver acompañándole invisible en su viaje.

–Reconocerá usted que han ocurrido muchas cosas en quince días. Las sesiones nocturnas en el fumadero, amoríos, golpes, el desafío de Río Janeiro, que por poco me cuesta un pie, millones en oro acuñado debajo de nuestras plantas, un cadáver de iluso echado al mar, quince noches pasadas junto a otro cadáver que también representa millones… ¡qué novela! ¡Y yo que he pasado en Madrid meses y meses de casa al café, del café a la redacción y de la redacción a otros sitios… sin que me ocurriese nada extraordinario! … El único remordimiento que siento después de tantos sucesos es el de mis insolencias involuntarias con la pobre doña Matutina y los sustos que he dado a su guardián. ¡Que ella me perdone! ¡Lástima no habernos conocido un poco antes, para que me hubiese dedicado un pequeño recuerdo en su testamento! …

A la hora del almuerzo, los pasajeros comieron apresuradamente, deseando volver cuanto antes a la cubierta. Esperaban ver Buenos Aires de un momento a otro. Se iba aproximando el trasatlántico a la ribera argentina. No alcanzaba a distinguirse ésta por ser muy baja, pero sobre la línea del agua extendíanse algunos borrones horizontales, siluetas de lejanas arboledas.

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