Загрузка...

AI-разбор доступен после входа

Суть книги, пересказ, главный конфликт, ключевые идеи, вывод, кому полезна, главные темы, персонажи и цитаты можно получить после входа в BookRa.

auto_awesomeПолучить AI-разбор

О книге

Дата написания1970-01-01
Язык книгиes
Возрастное ограничение0+

Читать онлайн

Страница 178 из 180

Los pasajeros olvidaron la ciudad para atender a sus equipajes de mano. Los stewards iban sacándolos de los camarotes y los alineaban en cubiertas y pasillos.

Crecía Buenos Aires con rapidez prodigiosa. No era su aparición igual a la de las ciudades situadas en altas costas, que se dejan ver horas antes de llegar a ellas. Situada en una ribera baja, los buques la distinguían cuando ya estaban junto a ella. Su presencia era casi instantánea y se ensanchaba como una gota de agua en un papel secante, cubriendo las riberas con su dilatación, extendiendo sus irradiaciones lo mismo que si las casas corriesen, queriendo ocupar cuanto antes los terrenos vecinos.

Los emigrantes callaban, con los ojos dilatados por la curiosidad. Adivinó Fernando los pensamientos de estas gentes, muchas de las cuales venían en derechura de la soledad de los campos.

«¡Qué grande! … ¡qué grande!»

Maltrana buscó con sus ojos al señor Antonio el Morenito. De seguro que había olvidado por el momento sus planes originales para hacerse rico. Tal vez sentía un poco de duda, de miedo, y pensaba como los otros: «¡Qué grande!».

–Y sin embargo, esto no tiene nada de grandioso—dijo Isidro—. Es una ciudad vulgar. Si no fuese por el río, la fachada resultaría fea… Pero se presiente que detrás de la fila de edificios que distinguimos, y que es como el testero de la ciudad, existen kilómetros y kilómetros de tierra cubiertos de viviendas. No se ve la grandeza, pero se adivina. Sentimos lo mismo que en presencia de un muro detrás del cual se mueve una muchedumbre invisible.

Los dos amigos volvieron la cabeza al notar que Conchita se apoyaba en la baranda junto a ellos. Habíase despedido repetidas veces de doña Zobeida, pero ésta iba luego en su busca para hacerle nuevas recomendaciones. La buena señora pensaba salir aquella noche para su amada Salta. Le daban miedo el ruido y el movimiento de Buenos Aires, a pesar de que venía de Europa. Eran las impresiones de la niñez que persistían en ella. Se apiadaba de su compañera de viaje; ¡pobre niña! ¡sola en aquella tierra de perdición llena de extranjeros! …

Miró Conchita la ciudad con el ceño fruncido y apretando los labios.

–Es grande, ¿eh, paisana?—dijo Isidro.

–Sí… grande es. Más de lo que yo creía—contestó la joven.

Se adivinaba en ella cierta desorientación. Tal vez sentía miedo al pensar en su entrada audaz, sin una moneda en el bolsillo. Pero no tardó en reponerse de estas vacilaciones. Brillaron sus ojos con un fulgor hostil, lo mismo que si fuese a entrar en pelea, y tendió una mano hacia la ciudad, como invitándola a que la esperase:

–¡Yo te arreglaré… marica!

No le daba miedo con toda su grandeza. Y mientras los dos amigos reían de este exabrupto, la muchacha huyó, llamada una vez más por doña Zobeida.

Los remolcadores tiraban del Goethe, que había quedado con las hélices inmóviles, confiándose a su dirección. Estaban ya en la embocadura de una de sus múltiples dársenas, gigantescos rectángulos de agua encuadrados de muelles y docks.

Veíase la orilla cubierta de edificios todos iguales, enormes construcciones que ocupaban en fila muchos kilómetros. Arrastrábase el ferrocarril a lo largo de este cordón de depósitos, barrera interminable a la simple vista entre el río y la ciudad. Los tranvías y automóviles brillaban veloces por unos instantes en los intermedios entre unos edificios y otros.

Apareció a estribor la arboleda de una punta de muelle, con un edificio empavesado de banderas de señales.

El agua tenía la suciedad de los espacios cerrados. Las espumas eran negruzcas. La proa del buque partía islotes de basura, que al abrirse enviaban sus fragmentos hasta los muelles. Sobre los maderos flotantes destacábanse el lomo verdoso y los ojos saltones de unas ranas enormes. Algunos pájaros acuáticos nadaban en torno del navío, irguiendo sus largos cuellos.

A espaldas del Goethe quedaba el río libre, amarillo, rizado, lo mismo que una llanura de hierba seca. Los buques veleros, con sus trapos al viento, parecían molinos enclavados en esta falsa pradera. Al pasar el trasatlántico entre los buques inmóviles, corrían las tripulaciones a las bordas para saludarlo con gritos y agitación de gorras. Flotaban en las aguas, como harapos blancos, muchos pescados muertos, tendidos sobre el lomo, sacando el hinchado vientre.

Maltrana, acostumbrado a ver anclar los buques en mitad de los puertos o amarrarse a un muelle en el espacio anchuroso de una bahía, extrañábase ante los poderosos trasatlánticos alineados como bestias en unas dársenas cuadradas semejantes a corrales acuáticos, y pasando de una a otra, sumisos al tirón de los remolcadores. Al quedar sin movimiento, parecían los buques mucho más grandes, oprimidos entre muelles y edificios, cual si estuviesen encallados.

El desembarcadero atrajo igualmente su curiosidad. Era a modo de una estación de ferrocarril, con férrea cubierta, salones de espera, depósitos de equipajes y largas verjas, detrás de las cuales se agolpaba la muchedumbre. Venía el trasatlántico a acoplarse al muelle lo mismo que un vagón se junta con el andén, y los pasajeros no tenían más que avanzar por una corta rampa para verse en tierra.

Llegó el Goethe hasta el desembarcadero, después de varias maniobras de los remolcadores. Un vapor italiano acababa de despegarse de aquél y se retiraba a otra dársena, luego de soltar su cargamento humano. Más allá, un vapor con bandera española echaba también gente a tierra.

En el fondo del desembarcadero, una muchedumbre obscura se apretaba contra las verjas. Ondeaban banderas tricolores sobre este mar de cabezas. Un estrépito de músicas lejanas contestaba a la banda del Goethe cuando ésta hacía una breve pausa en sus marchas incesantes.

–Los italianos que esperan a su grande hombre—dijo Ojeda—. Nos conviene salir antes de que organicen su manifestación.

Sobre el andén del muelle, una fila de marineros, llevando machete en el cinto, contenía a los grupos que habían penetrado con permiso: comisiones que aguardaban a los dos conferencistas, familias ansiosas de saludar a sus parientes y amigos que agitaban pañuelos, sombreros y bastones, preguntando de lejos con gritos estentóreos cómo les había ido por Europa.

Y mientras los marineros procedían diligentemente al amarre del buque, continuaban sonando las músicas, los lejanos vivas, y un griterío de saludo cruzábase entre las gentes aglomeradas en las bordas y el negro hormiguero humano.

–¿A usted le espera alguien?—preguntó Isidro, como si le doliese que ellos dos fuesen los únicos que no tuvieran un amigo en el muelle.

Fernando no supo qué contestar. Miró a las gentes de buen aspecto que ocupaban el andén, sin alcanzar a ver al tío de su cuñado.

Hubo un empujón general en las cubiertas. ¡A tierra! La salida estaba libre. Y los dos amigos, pasando un pequeño puente, sintieron bajo sus pies la estabilidad del suelo firme, marchando entre los grupos que avanzaban al encuentro de los pasajeros con las manos tendidas o los brazos en alto, prontos al estrujón cariñoso.

Страница 178 из 180

Вам также может понравиться

Страница 1 из 195

Назад12195Далее