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О книге

Дата написания1970-01-01
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Страница 82 из 83

–¡Vamos, tío!—dijo el Tato—. Un poco de coraje. Convénzase de que los ignorantes sabemos hilar las cosas cuando llega el caso.

Gabriel no les escuchaba. La sorpresa le había hecho caer en el ensimismamiento. Medía, asustado, el gran error cometido; veía abrirse un foso inmenso entre él y los que creía sus discípulos. Recordaba las palabras de su hermano. ¡Ah, el buen sentido de los simples! Él, con todas sus lecturas, no había previsto el peligro de enseñar a los ignorantes en unos cuantos meses lo que requería toda una vida de reflexión y estudio. Repetíase en pequeño lo que ocurre en los pueblos agitados por la revolución. Las ideas más nobles se corrompían al pasar por el tamiz de la vulgaridad; las aspiraciones generosas se envenenaban con los sedimentos de la miseria.

Los envilecidos por la explotación, al despertar, buscaban en las doctrinas redentoras la venganza del pasado y el bienestar egoísta, aunque fuese a costa de sus semejantes.

Había sembrado la semilla revolucionaria en los parias de la Iglesia, adormecidos en un ambiente de dos siglos atrás. Creía contribuir a la revolución futura formando hombres, y al despertar de su ensueño se encontraba con criminales vulgares. ¡Qué espantosa decepción! Sus ideas sólo habían servido para destruir. Quitando a aquellos cerebros soñolientos los prejuicios de la ignorancia, las supersticiones del siervo, sólo había conseguido hacerlos audaces para el mal. El egoísmo era la única pasión que vibraba en ellos. Sólo habían aprendido que eran miserables y no debían serlo. La suerte de sus compañeros de infortunio, de una inmensa parte de la humanidad, miserable y triste, no les interesaba. Saliendo ellos de su estado, mejorando su situación fuese como fuese, les importaba poco que el mundo siguiera lo mismo que antes; que las lágrimas, el dolor y el hambre reinasen abajo para asegurar la comodidad de los de arriba. Había sembrado en ellos su pensamiento, queriendo acelerar la cosecha, y como en los cultivos forzados y artificiales, que crecen con asombrosa rapidez para no dar más que frutos corrompidos, el resultado de su propaganda era la podredumbre moral. ¡Hombres, al fin, como todos! ¡La fiera humana buscando su bienestar a costa del semejante; perpetuando el desconcierto y el dolor para los demás, con tal de gozar de la abundancia durante una vida de unos cuarenta años! ¡Ay!, ¿dónde encontrar al ser superior ennoblecido por el culto de la razón, haciendo el bien sin esperanza de recompensa, sacrificándolo todo por la solidaridad humana, el hombre-dios que embellecería el porvenir…?

–¡Anda, Gabriel—continuaba el campanero—, no perdamos tiempo! Es cosa de un instante, y en seguida ¡a volar!

–¡No—dijo Luna con firmeza, saliendo de su ensimismamiento—, no haréis eso, no debéis hacerlo! Es un robo lo que me proponéis, y mi dolor es grande viendo que para eso contabais conmigo. Otros van al robo por instinto fatal o por corrupción de alma; vosotros llegáis a él porque quise ilustraros, porque intenté abrir vuestras inteligencias a la verdad… ¡Oh!, ¡es horrible… muy horrible!

–Pero ¿a qué tales aspavientos, Gabriel? ¿No es eso un pedazo de palo? ¿A quién perjudicamos apoderándonos de sus joyas? ¿No roban los ricos y todos los que poseen algo? ¿Por qué no hemos de imitarles?

–Por eso mismo: porque lo que intentáis hacer es una imitación del mal; porque perpetúa una vez más el sistema de violencia y de desarreglo, causa de la miseria. ¿Por qué odias al rico, si lo que él hace al explotar al humilde es lo mismo que vas a hacer tú, apoderándote de una cosa «para ti» (entiéndelo bien), «para ti» y no para todos? No me asusta el robo, porque no creo en la propiedad ni en la santidad de las cosas; pero por esto mismo abomino de la apropiación particular y me opongo a ella. ¿Para qué queréis apoderaros de eso? Decís que para remediar vuestra miseria. No es verdad: para ser ricos, para entrar en el grupo de los privilegiados, para ser tres individuos más de esa minoría odiosa que goza el bienestar esclavizando a los humanos. Si todos los pobres de Toledo llamasen ahora a las puertas de la catedral, sublevados y embravecidos, yo les abriría paso, los guiaría yo mismo, les señalaría esas joyas que ambicionáis, les diría: «Apoderaos de ellas.» Son gotas de sudor y de sangre de sus antepasados; representan el trabajo servil en la tierra del señor, el despojo brutal por los alcabaleros del rey, para que magnates y reyes pudiesen cubrir de pedrería al ídolo que podía abrirles las puertas del cielo. Eso no pertenece a vosotros tres porque seáis más audaces; pertenece a todos, como de todos son las riquezas de la tierra. Poner su mano los hombres sobre cuanto existe en el mundo será la obra santa, la revolución redentora del porvenir; apoderarse ahora unos cuantos de lo que con arreglo a la moral imperante no es suyo, resulta un delito para las leyes burguesas, y para mí es un atentado contra los desheredados, únicos dueños de lo existente…

–¡Calla, Gabriel!—dijo el campanero con dureza—. Si te dejo, hablarás hasta el amanecer. No te entiendo, no quiero. ¡Venimos a hacerte un favor, y nos sales con un sermón! ¡Queremos verte rico como nosotros, y nos contestas hablando de los demás, de la gente que no conoces, de esa humanidad que no te dio ni un mendrugo cuando vagabas como un perro…! Tendré que dirigirte como en nuestra juventud, cuando hacíamos la guerra. Siempre te he querido y admiro tu talento, pero a ti hay que tratarte como a un chicuelo… ¡Vaya, Gabriel, a callar y síguenos! ¡Te llevamos a la felicidad! ¡Adelante, compañeros!

El Tato y el zapatero se pusieron de pie, marchando hacia la verja del altar mayor. El perrero empujó una de sus hojas, entreabriéndola.

–¡No!—gritó Gabriel con energía—. ¡Deteneos…! Mariano, no sabes lo que haces. Creéis que ya está lograda vuestra dicha con apoderarse de esas riquezas. ¿Y después? Vuestras familias quedarán aquí. Tato, piensa en tu madre. Mariano, el zapatero y tú tenéis mujer, tenéis hijos.

–¡Bah…!—dijo el campanero—. Ya vendrán a reunirse con nosotros cuando estemos lejos y en salvo. El dinero todo lo puede: lo que importa es tenerlo.

–¿Y vuestros hijos…? ¡Les dirán que sus padres fueron ladrones!

–Pero serán ricos en otro país. Al fin, su historia no resultará peor que la de los hijos de otros ricos.

Gabriel se convenció de la resolución feroz que animaba a aquellos hombres. Sus esfuerzos para detenerles eran inútiles. Mariano le empujaba al ver que se interponía entre él y el altar mayor.

–Aparta, chiquillo—dijo—. Ya que no sirves para nada, déjanos. ¿Es que le tienes miedo a la Virgen? Descuida, que aunque nos llevemos todo cuanto posee no hará ningún milagro.

Gabriel intentó un recurso decisivo.

–No haréis nada. Si pasáis la verja, si entráis en el altar mayor, toco el esquilón y antes de diez minutos está todo Toledo en las puertas.

Y abriendo la verja del coro, entró en él con una decisión que paralizó al campanero.

El zapaterillo, con su aspecto de borracho taciturno, fue el único que le siguió.

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