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О книге

Дата написания1970-01-01
Язык книгиes
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Страница 83 из 83

–¡El pan de mis hijos!—murmuraba con lengua estropajosa—. ¡Quieren robarlos…! ¡Quieren que sigan pobres…!

Mariano oyó un ruido metálico: vio cómo el zapaterillo levantaba el brazo armado con el manojo de llaves caído en los peldaños de la verja, y después oyó un choque de extraña sonoridad, como si golpeasen algo hueco.

Gabriel dio un grito y cayó al suelo de bruces. El zapatero seguía golpeándole al cráneo.

–¡No le des más…! ¡Detente!

Éstas fueron las últimas palabras que oyó confusamente Gabriel, tendido en la entrada del coro. Un líquido pegajoso y caliente se escurría sobre sus ojos. Después, el silencio, la obscuridad… la Nada.

El último destello de su pensamiento fue para decirse que iba a morir, que tal vez había muerto ya, restándole sólo la postrera vibración vital, la estela agitada de una existencia que huía para siempre.

Aún volvió a la vida. Abrió los ojos trabajosamente, y vio el sol al través de un ventanillo con hierros, unas paredes blancas y una cama con cobertor de percalina rameada y sucia. La cabeza le pesaba enormemente. Su pensamiento pudo formar y coordinar una idea, después de grandes vacilaciones y tropiezos: le habían colocado la catedral en las sienes. El templo gigantesco gravitaba sobre su cráneo, aplastándolo. ¡Qué inmenso dolor…! No podía moverse: estaba cogido por la cabeza. Zumbaban sus oídos; su lengua estaba paralizada. Los ojos veían, pero débilmente, como si la luz fuese turbia y una bruma rojiza envolviese los objetos.

Creyó que una cara con bigotes, terminada por un sombrero de guardia civil, se inclinaba sobre la suya, mirándolo en los ojos. Movía los labios, pero él no oía nada. Era sin duda la pesadilla de sus antiguas persecuciones volviendo a surgir.

Se fijaban en él, viendo que abría los ojos. Un señor vestido de negro avanzaba hacia su lecho, seguido de otros dos que llevaban papeles bajo el brazo. Adivinó que le hablaban por el movimiento de los labios, pero nada pudo oír. ¿Estaría en otro mundo? ¿Serían falsas sus creencias, y después de la muerte existiría otra vida igual a aquella que había abandonado?

Cayó de nuevo en la sombra y en la inercia. Pasó mucho tiempo… mucho. Otra vez se abrieron sus ojos, pero ahora la bruma era más densa. Ya no era roja: era negra.

Entre estos velos, creyó ver Gabriel el rostro de su hermano, consternado, crispado por el miedo, y los bicornios de la Guardia civil, aquellos sombreros de pesadilla, rodeando al pobre Vara de palo. Después, más esfumada, más indecisa, la cara de la dulce compañera, de Sagrario, contemplándole con ojos llorosos de inmensa pena, besándolo con la mirada, sin que la intimidasen los hombres negros y las armas que la rodeaban.

Ésta fue la última visión, indecisa y borrosa, como vista a la luz de una chispa fugaz. Después la obscuridad eterna, el aniquilamiento… la Nada.

Al cerrar para siempre los ojos, sonó junto a él una voz:

–Te seguíamos la pista, pájaro. Bien escondido estabas, pero te has descubierto con una de las tuyas. Ahora veremos qué cuenta das de las joyas de la Virgen… ¡ladrón!

El terrible enemigo de Dios y del orden social no dio cuenta alguna a los hombres.

Al día siguiente salió en hombros, de la enfermería de la cárcel, para desaparecer en la fosa común. El secreto de su muerte lo guardó la tierra, esa madre ceñuda que presencia impasible las luchas de los hombres, sabiendo que grandezas y ambiciones, miserias y locuras, han de pudrirse en sus entrañas, sin otro resultado que fecundar la renovación de la vida.

Playa de la Malvarrosa (Valencia)

Agosto-septiembre 1903

FIN

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